XAVI HERNÁNDEZ: 700 PARTIDOS ARGUMENTADOS DESDE SUS IDEAS.

Partido 700 Foto: Miguel Ruiz – FCB
Dicen que se marchita porque está a punto de cumplir los treinta y cuatro, cuando lo que realmente palidece son las añoradas complementariedades que hacían recitar lujosamente el fútbol que nos sacó de las cavernas de la mano de Pep Guardiola.

Ahora corre por la imposición de ese juego poco conveniente a su alegato. Las transiciones rápidas desordenan sus papeles, buscar el gol teniendo poco miramiento por el juego que precede a tal fin perturba su obra.

Es el Barça del vértigo el que lo cansa porque ese estilo no descansa en su cerebro.

Si la pelota no dura en las piernas de los centrales, él no puede asistirlos como siguiente receptor; si le imponen la convivencia con Song, no tiene a quien regalarle tiempo y espacio; si Messi pasa de ser “falso nueve” a “incomodo seis”, invadiéndole los lugares y transfigurando sus recursos, y por delante Cesc, Alexis, Pedro y Tello creen ver pasillos donde únicamente hay gigantes, su presencia se torna inocua.

Hasta la implementación de este otro estilo, el de Terrassa guiaba todo proceso que se tramara sobre el terreno de juego, lo unía todo, hacía adicionales las capacidades de todos los jugadores a los que le pasaba el balón. Qué buenos jugadores parecían todos cuando él repartía las cartas.

Eran aquellos mágicos momentos en los que todos aguardaban maravillosamente en sus espacios a que el juego les hiciera intervenir, extendiendo el fútbol blaugrana. Ahora todo es intervencionismo.

Xavi agarraba la pelota y empezaban a desencajarse las piezas adversarias a través del intercambio fluido de la pelota, la misma que llegaba limpia a las botas de los que tenían que poner la guinda al pastel. Los contrincantes llegaban un segundo tarde al lugar de los hechos, mientras que ahora comparecen con antelación.

El catalán nos enseñó que era eso del juego de posición, lo conceptualizó, lo revisó, lo amplió y le cambió la camiseta para que la selección española empezase a ser alguien en el panorama mundial.

Ya ha cumplido 700 veces con el cometido de hacernos ver que el juego puede ser controlado desde unos pequeños pies y ordenado desde el pase corto, precisamente el más profundo.

Si su libreta se arruga no es por la edad, sino por la tozudez de alinearlo algunas veces sin Busquets e Iniesta. No puede estar viejo quien alumbra la jugada constantemente, quien la hace renacer en caso de muerte anunciada.

Cuando se vaya, nos quedaran 700 bostezos.

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